sábado, 2 de febrero de 2013

Un ojo de la cara


“Costar un ojo de la cara” es una expresión de esas tantas de uso común que tienen una historia de las que me gusta contar. Anécdotas a menudo desconocidas para los no muy duchos en historia.

Retrato de Diego de Almagro.
Nos remontamos al siglo XVI, durante la conquista de América. Eran muchos los exploradores y conquistadores que penetraban cada vez más en ese nuevo mundo descubierto, arrasando con los diversos pueblos que lo habitaban. Y uno de esos pueblos era el Inca, que se extendía por el oeste de Sudamérica, ocupando terreno hoy perteneciente a países como Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina.

En 1524 Diego de Almagro acudió en ayuda de Francisco Pizarro que se encontraba en apuros asediando una fortaleza inca en la playa de Chochama (he estado buscando pero no he encontrado nada al respecto de su ubicación). Los españoles salieron victoriosos pero en esa batalla Almagro fue alcanzado en el ojo por una flecha inca.

A su llegada a España fue recibido por el rey Carlos I que le debió preguntar por su aventura, a lo que Diego de Almagro contestó: 

“El negocio de defender los intereses de la corona me ha costado un ojo de la cara”

La frase fue conocida y su uso extendido y alargado hasta el día de hoy cinco siglos después.

Como veis en el retrato que acompaña esta cápsula, Almagro se encuentra de perfil puesto que es un retrato posterior a la pérdida del ojo e intentaba ocultarlo.

jueves, 10 de enero de 2013

El Fuerte Navidad


En unas fechas tan señaladas como las que acabamos de pasar, viene al caso esta historia sobre la primera construcción europea en América. A continuación comprobaréis el porqué.
Réplica de la nao Santa María en el Puerto de Palos (Huelva).

El 3 de agosto de 1492 parte de Palos de la Frontera (Huelva) una expedición, cuya financiación  costó mucho conseguir, comandada por Cristóbal Colón y formada por tres barcos: La Pinta, La Niña y la Santa María. Dos carabelas y una nao. Su objetivo era el de encontrar una ruta hacia las Indias para poder competir con la que habían descubierto los portugueses, bordeando el continente africano. Pero como ya sabéis el resultado fue otro, el descubrimiento de un nuevo continente, de un Nuevo Mundo.

Pero no me voy a extender sobre los descubrimientos o el desarrollo de este primer viaje de Colón, como es habitual voy a ir a un hecho en concreto.

El 12 de octubre, tras dos meses de navegación, la flota divisó tierra, la isla de Guanahaní. Tras pisar tierra americana por primera vez continuaron su viaje de exploración por el Caribe descubriendo nuevas y más grandes islas.

El día de Nochebuena la nao Santa María encalla junto a la costa norte de lo que hoy es Haití y reciben ayuda de los indígenas para rescatar los restos de la nave, ya inservible. Los aborígenes, que recibieron a los españoles como enviados del cielo, hicieron entender a Colón que precisaban de protección contra Caonabo, líder de una tribu caníbal de la isla.

Así pues Colón tendría dos motivos para colonizar esas tierras. Por un lado proteger a la tribu del líder Guacanagari de los caníbales, y por otro la voluntad de Dios, que al hundir la Santa María junto a esas costas un día de Nochebuena fue interpretado como una señal para establecerse en la isla.

Ubicación de Fuerte Navidad, en la costa norte de Haiti.

Los españoles se dispusieron a construir la primera edificación en suelo americano por parte de europeos. Con los restos de madera de la Santa María encallada se erigió un campamento cuyo nombre no podía ser otro que el de Fuerte Navidad.

En Fuerte Navidad quedaron 39 hombres armados y con reservas de alimentos para un año, tiempo en el que Colón estimaba regresar de España tras dar novedades a los Reyes Católicos. Pero cuando la segunda expedición española llegó a La Española en noviembre de 1493 se encontraron el fuerte incendiado y todos los españoles muertos, algunos ahorcados y crucificados. Al parecer el comportamiento de estos hombres europeos no fue el adecuado. El oro y las mujeres del lugar, que no usaban ropajes, fue su extravío. Además de que los nativos no aceptaban la presencia del hombre blanco en sus tierras.

Guacanagari, líder de la tribu que ayudó a Colón, hubo de huir a las montañas por negarse a colaborar con otras tribus para expulsar a los españoles. Además fue atacado y su poblado destruido. Este personaje ha dejado una frase para la posteridad, pues hoy en día en la República Dominicana se dice que alguien tiene “complejo de Guacanagari” cuando prefiere lo extranjero a lo autóctono.

martes, 1 de enero de 2013

El primer muerto de La Legión


La Legión es una de las unidades que más expectación causa de las Fuerzas Armadas debido a sus peculiares señas de identidad. Esas patillas y barbas, la cabra (aunque existen otros animales mascota), su pechera abierta con el pelo asomando y esos desfiles a ritmo huracanado.

Y también el himno de La Legión, el Novio de la Muerte, es de los más conocidos entre los españoles. Una canción bonita a la par que triste, que cuenta la trágica historia de un legionario que muere en combate y al que le encuentran un poema entre sus ropajes. Digna de una novela, pero la historia que cuenta está basada en la realidad de un legionario que ansiaba la muerte para reunirse con su novia.

En octubre de 1920, Baltasar Queija de la Vega, un joven de 18 años y natural de Riotinto (Huelva) conseguía su primer destino en La Legión. Un cuerpo de voluntarios que contaba con pocos meses de existencia y que aún no había tenido oportunidad de hacerse notar en esa Guerra de Marruecos en la que España intentaba contener a los rebeldes que, aprovechando la orografía y conocimiento del terreno, tenían en jaque al ejército.

Baltasar Queija de la Vega, cabo legionario.
Al poco tiempo de llegar a África recibió la noticia de que su novia, que permanecía en Riotinto, había fallecido. Este hecho afectó de tal manera a Baltasar que llegó a decir a Millán Astray (creador de La Legión) que deseaba recibir la primera bala que llegase del enemigo, después de que Astray le hubiera encontrado llorando.

Y así fue. El 7 de enero de 1921 cuando el cabo Baltasar regresaba al campamento de Zoco el Arbaa (cerca de Tetuán) tras una patrulla por la zona, su pelotón sufrió una emboscada y fueron atacados por un grupo de rebeldes que les superaba en número. Aún así los legionarios rechazaron el ataque. Pero Baltasar fue alcanzado por una bala, herida que le causó la muerte, lo que le convirtió en el primer legionario muerto en combate.

En sus bolsillos encontraron un trozo de papel con un corto poema escrito por él que decía así:

Somos los extranjeros legionarios
El Tercio de hombres voluntarios
Que por España vienen a luchar


La trágica historia del cabo Baltasar, del poeta Baltasar, corrió por toda La Legión, y avabó llegando a oídos del escritor Fidel Prado, quien redactaría la letra del Novio de la Muerte. El músico Juan Cosa lo convirtió en canción y cuando Millán Astray la escuchó decidió que se usara como himno de La Legión, hasta el día de hoy.

El novio de la muerte
Nadie en el Tercio sabía
quién era aquel legionario
tan audaz y temerario
que en la Legión se alistó.
Nadie sabía su historia,
mas la Legión suponía
que un gran dolor le mordía
como un lobo el corazón.
Mas si alguno quién era le preguntaba,
con dolor y rudeza le contestaba:
«Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera,
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tan leal compañera».


Cuando más rudo era el fuego
y la pelea más fiera,
defendiendo su bandera,
el legionario avanzó.
Y sin temer al empuje
del enemigo exaltado,
supo morir como un bravo
y la enseña rescató.
Y al regar con su sangre la tierra ardiente,
murmuró el legionario con voz doliente:
«Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera,
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera».



Cuando al fin le recogieron,
entre su pecho encontraron
una carta y un retrato
de una divina mujer.
Y aquella carta decía:
«...si algún día Dios te llama,
para mí un puesto reclama
que a buscarte pronto iré».
Y en el último beso que le enviaba,
su postrer despedida le consagraba.
«Por ir a tu lado a verte,
mi más leal compañera,
me hice novio de la muerte,
la estreché con lazo fuerte
y su amor fue mi bandera».

Y no me olvido del Cristo de la Buena Muerte, pero esta cápsula no da para más. Lo dejo para otra ocasión.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Felipe el Hermoso: Primer Habsburgo en España

Retrato de Felipe de Habsburgo.

Felipe de Habsburgo no era español, nació en Flandes en 1478. Era Duque de Borgoña y Archiduque de Austria, entre otros, pero su relación con España no llegó hasta 1496 cuando se casó con Juana de Castilla, (conocida como Juana la Loca), hija de los Reyes Católicos, quienes pactaron la boda con el padre de Felipe, Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio.

Así pues, con su matrimonio con la infanta Juana, Felipe introdujo en España la dinastía Habsburgo, que reinó hasta el año 1700, cuando murió Carlos II, último Habsburgo que ostentó el trono español (aunque no sería el último si contamos al Archiduque Carlos, quién luchó por el trono contra el Borbón Felipe V, pero ya nos estaríamos metiendo en la Guerra de Sucesión, y eso lo dejamos para otro día).

El apelativo de “el Hermoso” se lo dio el rey francés Luis XII en 1501, quien recibió a la pareja en la ciudad francesa de Blois, durante el viaje que hicieron desde Flandes con destino a Castilla, donde serían reconocidos como legítimos herederos de la corona castellana (tras la muerte de los dos infantes castellanos que tenían preferencia sobre el trono). El monarca francés al ver a Felipe dijo: “He aquí un hermoso príncipe”.

Felipe de Habsburgo y Juana de Castilla.
Aunque si observamos los retratos de Felipe no nos parezca tan “hermoso”, este apodo le pudo ser otorgado debido a que era un galán como mucho éxito entre las damas y muy ágil en los deportes y la caza. Lo que si afirman textos de la época es que era un joven “bien proporcionado”.

A la muerte de Isabel I en 1504, el trono de Castilla caería a manos de su hija Juana pero en su testamento la reina católica había hecho constar que la corona la mantendría Fernando II de Aragón en el caso de que Juana "no quiera o no pueda entender en la gobernación", o sea, que no estuviera en sus cabales.

Por este hecho Felipe de Habsburgo y Fernando el Católico tendrían una seria disputa que pudo acabar en guerra, de no ser por la “retirada” del trono del rey aragonés. Convirtiéndose el noble flamenco en Felipe I de Castilla.

Su curiosa muerte ocurrió poco más de dos meses después de su coronación, en 1506, en Burgos, tras un partido de pelota. Sí, lo que hoy conocemos como pelota vasca. Al parecer, tras acabar el partido Felipe bebió agua fría que, al estar aún sudando, le provocó una fiebre que acabó con su vida, cuando contaba con 28 años de edad. Aunque otra teoría apunta a que la fiebre fue provocada por la peste.

Tras el fallecimiento de Felipe el Hermoso su hijo Carlos pasó a ser el rey de España. Carlos I de España y V de Alemania. 
Escudo de armas de Felipe el Hermoso
(tras su matrimonio con Juana).

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Españoles en Escocia y el fantasma de Eilean Donan


No os dejéis engañar por el título de esta cápsula de historia, lo que voy a relatar a continuación no es la crónica de una guerra hispano-escocesa, más bien todo lo contrario.

Castillo de Eilean Donan.
En 1717, dos años después de la firma del Tratado de Utrech, en el que España perdió muchas de sus posesiones europeas (Países Bajos, Milán, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Gibraltar y Menorca), se inició la Guerra de la Cuádruple Alianza, un conflicto que enfrentaba a Reino Unido, Francia, el Sacro Imperio, Países Bajos y Sicilia contra España.

España quería recuperar el papel de primera potencia mundial, pero para entonces el Reino Unido poseía la armada más potente de toda Europa, así que combatirlos en mar no era lo más apropiado. El plan del cardenal Giulio Alberoni, consejero del rey español Felipe V, era el de llevar la batalla a terreno británico. De esta forma aprovecharían la guerra civil en la que estaba inmersa Gran Bretaña debido a, por un lado, la luchar por la corona de partidarios de un rey católico y los de uno protestante y, por otro, por el conflicto con independentistas escoceses.

El papel de España en esa guerra civil que azotaba al país británico era el de apoyar a los nacionalistas escoceses y a los ingleses jacobitas (partidarios del rey católico Jacobo III).

Escocia vista con Google Earth. La "x" amarilla marca
la ubicación del castillo de Eilean Donan.
Para ello se desplazó una pequeña fuerza de poco más de trescientos infantes de marina españoles al noroeste de Escocia, los cuales se apoderaron del castillo de Eilean Donan, sito en un islote del lago Duich, donde se reunieron con varios cientos de escoceses.

El objetivo de esta ocupación era doble, incitar al levantamiento a distintos clanes de la zona y desplazar al ejército británico hasta esas tierras y facilitar una invasión española al sur de Gran Bretaña.

Pero la flota española nunca llegó a suelo inglés, una tormenta la “atacó” antes de abandonar aguas nacionales, cerca de la costa gallega, e inutilizó la mayoría de los navíos. Esta armada sufrió una suerte similar a la de la Armada Invencible.

Y en cuanto a los soldados españoles la fortuna tampoco les sonrió. No lograron mucho éxito entre los clanes cercanos, desconfiados de enfrentarse a los poderosos ingleses, y mucho menos sin tener noticias antes del desembarco español en el sur. Así pues cincuenta hombres se quedaron guarneciendo el castillo y el resto, junto con entre 700 y 800 escoceses de distintos clanes, se dirigieron hacia el sur, ocupando distintas poblaciones.

Su aventura acabó en la batalla de Glen Shiel, el 10 de junio de 1719, cuando se enfrentaron a tropas inglesas. Los escoceses, mal preparados, huyeron tras varios ataques de artillería. Los españoles, solos, aguantaron hasta que comprendieron que era inútil seguir luchando.

En cuanto al castillo, varias naves inglesas ya lo habían bombardeado hasta reducirlo a un puñado de escombros. Murieron muchos de sus defensores: españoles, escoceses e ingleses (partidarios de Jacobo III Estuardo, último rey católico inglés). El resto fueron capturados y corrieron distinta suerte, los españoles encarcelados y los británicos fusilados por traición.

Castillo de Eilean Donan, rodeado por el lago Duich.

Pero hubo un soldado español que hasta el último momento se negó a abandonar el castillo, un capitán de navío que decidió perecer entre esos muros escoceses. Existe una leyenda en el lugar, confirmada por decenas de personas, que dice que el fantasma de ese soldado español se pasea por el castillo (ya reconstruido) y que gusta de gastar bromas y juguetear con sus muchos visitantes, con excepción de los turistas españoles, a los que les permite recorrer las distintas dependencias de la fortaleza sin molestia alguna. Casualmente, este último dato lo he leído en una página de una agencia de viajes que organiza escapadas a Escocia…

Además, de lo más interesante de la batalla de Glen Shiel es que ha sido la última vez en la historia que los británicos se enfrentan cuerpo a cuerpo en su territorio contra una fuerza extranjera.

Y ya sabéis, errores, dudas, aclaraciones... corregidme si me equivoco.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Invasión musulmana de la Península Ibérica


A principios del siglo VIII el Reino de los Visigodos sufría una crisis política, o, más bien, una guerra civil que enfrentaba a dos facciones: los leales a Ágila (Aquila) y los partidarios de Rodrigo (Roderico).

Don Rodrigo, último rey
de los Godos.
Ágila fue nombrado sucesor por su padre, el rey godo Witiza, que también fue nombrado por su antecesor, Egica. Pero esta monarquía hereditaria no era lo habitual en la España Visigoda, sino que la monarquía era electiva, se elegía al rey. Y este hecho hizo decantar a la nobleza por la elección de Rodrigo como rey.

Los witizanos solicitarían ayuda de los árabes, que en poco tiempo se habían expandido hasta el norte de África. Aunque otros reyes visigodos habían solicitado ayuda exterior en el pasado, ya sea de francos o de bizantinos, pedir el apoyo del Califato Omeya no fue buena idea, puesto que aprovecharon la lucha interna para conquistar Iberia.

Tarik ibn Ziyad, al mando de una fuerza de árabes y bereberes cuyo número exacto se desconoce pero que no debió exceder de unos pocos de miles, cruzó el estrecho de Gibraltar en el año 711.

Apenas hubo resistencia para Tarik puesto que el rey Rodrigo se encontraba bastante lejos, asediando Pamplona porque habría sido ocupada, bien por Vascones o por witizanos leales a Ágila.

Cuando Rodrigo se percató que la ocupación musulmana no era una simple incursión se dirigió con su ejército a hacerles frente. Visigodos y árabes se enfrentaron a finales de julio de ese mismo año 711 en la Batalla de Guadalete (Cádiz), donde Rodrigo perdió la vida y los invasores resultaron victoriosos. Las crónicas moras cuentan que en el combate se enfrentaron 12.000 musulmanes a 100.000 soldados visigodos, pero que la victoria fue posible porque tropas witizanas se rebelaron contra Don Rodrigo. Aunque esta teoría no parece muy veraz, el ejército de Rodrigo sería más bien escaso y, muy posiblemente, bastante inferior al árabe.

Con el rey muerto la conquista avanzó rápidamente, ocupando las principales ciudades, más mediante pactos y capitulaciones que por medio de la espada.

Extensión del Califato Omeya en el 175. En amarillo la zona visigoda no ocupada aún.

Al llegar Tariq a Toledo el arzobispo de la ciudad y, posiblemente, hermano de Witiza, le abrió las puertas de la ciudad sin más mediación. Esto probaría la alianza entre árabes y witizanos. Además, los sucesores de Witiza, con el título de “príncipe de los españoles sometidos”, serían reconocidos por los musulmanes como autoridad sobre la población cristiana de la ya ocupada península.

En menos de cuatro años la mayoría de la península Ibérica estaba en poder de los musulmanes, tan solo resistió durante más tiempo la zona norte, debido a su dificultoso terreno.

Y... corregidme si me equivoco (por favor).

jueves, 22 de noviembre de 2012

La batalla de Ceriñola


La batalla de Ceriñola fue un importante choque entre españoles y franceses durante las llamadas “Guerras Italianas”, concretamente durante la “Segunda Guerra de Nápoles”.

Representación de la batalla de Ceriñola (1503).
Los franceses, mandados por Luis de Armagnac (Duque de Nemours), poseían una fuerza con proporciones bastante habituales en ellos: mucha caballería pesada, mercenarios (piqueros suizos) y bien de artillería.

Los españoles tenían bastante menos caballería y centraban su fuerza en la infantería. Al mando de todos ellos estaba Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, quien, consciente de su inferioridad en fuerzas, se apresuró en llegar con suficiente antelación a Cerignola (Nápoles). Para alcanzar raudo la ciudad ordenó que cada jinete portase a un soldado junto a él en su caballo. El propio Gran Capitán subió a un infante a su caballo, acallando de esta forma las críticas a tan extravagante orden.

El Gran Capitán.
De esta forma el ejército español llegó a Ceriñola con tiempo suficiente para preparar el terreno (ocupar la posición más alta y construcción de trincheras, fosos, empalizadas, etc) e idear una estrategia que repeliera el ataque francés

La táctica del Gran Capitán para acabar con la caballería pesada francesa fue la siguiente, que narro según acaeció aquel día, 28 de abril de 1503:

En primer lugar la caballería española cargó y se batió en retirada en poco tiempo, atrayendo a la caballería pesada francesa hasta la vanguardia, donde se dio de bruces con arcabuceros atrincherados y que comenzaron a disparar a discreción (en esta carga perdió la vida Luis de Armagnac, a cuyo cadáver el Gran Capitán ordenó rendir honores). Los jinetes franceses trataron de rodear las trincheras pero seguían recibiendo impactos españoles no solo de los arcabuces, también de la artillería que ahora les tenía a su alcance. La caballería francesa fue diezmada rápidamente y junto a ellos murió su comandante, el Duque de Nemours que recibió tres disparos. Por primera vez en la historia un grupo de infantería con arcabuces derrotó a la caballería en campo abierto, un hecho que supuso que la infantería fuese la principal fuerza de todo ejército europeo hasta principios del Siglo XX (durante cuatro siglos).

Durante la refriega, la artillería española sufrió un fuerte varapalo pues toda la pólvora explotó de forma accidental. Para que este hecho no debilitara el ánimo de sus soldados el Gran Capitán gritó "¡Ánimo!, ¡Estas son las luminarias de la victoria!, ¡En campo fortificado no necesitamos cañones!".

Figura de un arcabucero
español del Siglo XVI.
La infantería francesa atacó, mientras los arcabuceros españoles les masacraban, hasta que estuvieron demasiado cerca y Fernández de Córdoba mandó a primera línea a los lanquenetes (piqueros) alemanes, debilitando más aún a los franceses.

Para finalizar la batalla el Gran Capitán dio orden a todas sus tropas de cargar y rodear al restante del ejército galo.

Desde la primera carga de caballería hasta la rendición del restante de tropas francesas transcurrió menos de una hora. 

En una hora un enfrentamiento que se planteaba difícil para el Gran Capitán derivó en una victoria española que podríamos decir que fue una “Bicoca”, con menos de cien bajas españolas. 

Por orden de Fernández de Córdoba se hizo recuento de cadáveres franceses, que ascendía a 3.664, aunque Tristán de Acuña, quien los contó, afirmó que habría que añadir más de cien muertos más, puesto que fueron enterrados antes de ser incluidos en la suma. Además, los galos perdieron la artillería y la mayor parte de sus banderas.

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